Un Día de Parranda en Etzatlán
Para que más gente se entere de las anécdotas.
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ADAN LEYVA
Etzatlán, Jal.
01 / JULIO / 2017
Entre Piales y Manganas
Para Remover Sentimientos
Toquen El Hijo Desobediente
No Podrían Faltar los Perros

"Recordar es volver a vivir, vivir es volver a sentir..."

Andándome yo paseando por la internet, me encontré unas publicaciones de esas de las que nos gustan a los de la vieja guardia y me dije a mi mismo, hay que subirlas a la red mundial de la información para que la lean la mayor cantidad de gentes posible.
Es sobre una anécdota de un parrandero que andaba en la juerga en el pueblo materno, Etzatlán, Jalisco, que significa en Náhuatl “lugar de garzas”, ubicado en la llamada zona valles a 90 kilómetros de Guadalajara.

De allí es mi compadre Prócoro Mariscal y muchos más familiares, por lo que al leer el cuento o relato, la mente comenzó a trasladarse a ese pintoresco pueblo, que por cierto es más antiguo que la ciudad capital de Guadalajara.

Y es que por esa zona había mucho oro en aquellos siglos y luego que se acabó quedó el ópalo y así hasta que la mina del Amparo fue cerrada y el pueblo se vino a menos, en lo económico, pero no en lo cultural y en lo rico de historias.

Sin más preámbulo, les dejo “Un día de parranda en Etzatlán” del paisano Ramón Díaz Huízar

"Ya tenía desde la mañana arrastrando el mariachi por esas calles de Etzatlán Jalisco; y eso que iba nada mas de paso. Sin embargo, era un gusto que había acariciado con tanta angustia durante muchos años y ya no lo quería seguir sufriendo más. Ese día las circunstancias se le acomodaron para que lo saciara de una vez, “no vaya a ser, que con el tiempo se me venga haciendo un tumor”, se había dicho mirando el cristalino liquido de una botella de a litro. De tequila, por supuesto.

“¡Échense otra vez “el hijo desobediente!”. ¡Otra vez!, todo el día anduvo encima de las piedras del empedrado, gritando con la botella en la mano, azotando al mariachi con su voz, sin dejar de acariciar su pistola.

Los del mariachi ya andaban cansados, y con cara de niños corajudos le seguían complaciendo.

Solamente con el presentimiento esperanzado de que Manuel les pidiera otra canción, aunque fuera sólo una vez; empero El Hijo desobediente” no se dejó de escuchar todo ese día en Etzatlán. Y es que a Manuel le gustaban esas notas y quería que perduraran grabadas en su mente por mucho tiempo.

Por último, ya en la tarde, cuando pensó que ya era suficiente quiso cerrar con broche de oro en el quiosco de Etzatlán. Era un lunes, y aunque la plaza lucía casi solitaria, los acordes de la música del mariachi le imbuían al lugar un imaginario: aglomerado sentido de fiesta. Únicamente tres perros merodeaban alrededor de las bancas y las jardineras, y le sacaban la vuelta a los ancianos que permanecían sentados en las bancas moviendo y columpiando los pies mientras alisaban con los dedos los sombreros.

Los perros husmeaban aquí y allá buscando un lugar propicio para mear; sin embargo uno de ellos al parecer desechó la idea de orinarse abajo y mejor decidió subirse al quiosco a estudiar el lugar. Se acercó a Manuel.

Le olfateó la campana del pantalón y enseguida levantó la pata; el chisguete salió fuerte y firme, con atinada precisión. Rápido Manuel retiró el pie y después de cambiarse la botella de tequila a la mano izquierda sacó la pistola y le disparó dos tiros.

Para suerte del perro, Manuel ya andaba borracho y no le dio. El can bajó corriendo del quiosco con la cola entre las patas y el mundo hecho un hilo.

El mariachi siguió tocando como si nada hubiera pasado. “¡Échense El Hijo Desobediente!”, gritó Juan Manuel Rebeles Cigala otra vez; y con la botella de tequila en la mano y cierta pose que puso, dio la sensación de ser el puro diablo.

Sus ojos rojos parecían de fuego y hasta una chispa pareció salir de uno de ellos. Su voz se escuchó con garbo. Enseguida le dio otro trago a la botella y después de eso descargó la pistola al aire.

El casquillo de una bala brincó hacia una de las cornetas. Rebotó y fue a caer a los pies de Manuel. El casquillo rodó un poco más y se detuvo al borde de la escalera. Las cornetas aunque no habían terminado la canción inmediatamente la empezaron de nuevo. Entonces Manuel se guardó la pistola. Peló los dientes con una sonrisa desencajada y después de empinarse la botella otra vez, empezó a cantar.

Y mientras cantaba y caminaba haciendo señas con las manos y alardeando su alegría, puso un pie en el casquillo. Hizo un movimiento de surfista y se resbaló. Rodó por la escalera; rebotó dos tres veces sin poner en práctica su experiencia de bajarse de los quioscos cuando andaba en los mítines de campaña del PRI.

El creer a pie juntillas que conocía los quioscos como la palma de sus manos no le valió; pues a pie juntillas fue a dar hasta abajo del quiosco de Etzatlán. El mariachi dejó de cantar.

Ya no se levantó, ahí se quedó tirado, acostado. Nadie se acomidió a levantarlo o a subirlo de perdida a una banca para que durmiera la mona. Ni siquiera el mariachi que ya tenía muchas horas tocándole. ¡Ah!, pero eso sí, uno de ellos con admirable destreza le sacó un fajo de billetes del bolsillo. Después de eso, todos se alejaron en fila india, bien formaditos de ahí.

Entonces ahora sí, la plaza de Etzatlán se quedó escueta y sola. Sólo el trinar de los gorriones se escuchaba. Las aves peleaban entre sí buscando las mejores frondas para pasar la noche.

Mientras tanto, abajo de una banca y muy pegado a una jardinera, un bulto negro dormía la mona. Era Manuel. Los perros echaban vueltas y vueltas… Olfateaban las patas de la banca y orinaban en el pantalón de él. Fin (RDH).



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