Tobirio, Huehueteotl
Perdimos elecciones, la guerra y la esperanza.
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JORGE BATIZ
En el Paraíso Mexicano
13 / ENERO / 2018
Cuento Semanal
Han Pasado Cinco Años
Decidí en el Día Aciago
Entendí, si me Hablaran

El tiempo que disfrutes desperdiciándolo no es tiempo desperdiciado. Bertran Russell.

Han pasado cinco años desde que partió Tobirio, ese año perdimos las elecciones, perdimos la guerra, perdimos la esperanza y a varios de nuestros guerreros, entre ellos al peculiar Dientes Flojos.

No hay mayor alcahuete que el viento, pues levanta los vestidos y descubre las partes ocultas del cuerpo, y ablanda la resistencia de las ramas, haciendo que se inclinen a besar la faz de los estanques. Por eso los amantes lo emplean como tercero que lleva mensajes de sus amigos y enamorados.

Leí esa frase de Ben Said al-Magribi (1214-1274) y me levanté como el viento al mundo lleno de nostalgia a seguir viviendo, inclinándome a besar la faz de las ilusiones.

No he sabido nada de mi compadre en todo este tiempo, no sé si aún vive o si se bajó ya del barco de la vida, no sé si está en el país o emigró a otros confines.

No sé nada…

Decidí en este día aciago, de techo gris, salir en busca de algo, no sé de qué. Caminé con rumbo incierto, doblé calles sin sentido, viré en donde sentí que me llamaba una fuerza extraña, me dejé conducir como esas ovejas que se dejan llevar por su pastor.

Mi pastor está desaparecido, no sé si muerto, y yo, aquí, solo, en el valle del desamparo, en el camino de la duda, en la agónica avenida de la desesperanza.

Vi a mi paso el puente del Libramiento, seguí caminando sin parar hasta llegar al centro de la ciudad, en una calle que se resbala hasta la playa observé un café, no lo había visto antes, la decoración era muy colorida, a la entrada tenía un gran venado cubierto de chaquira, una auténtica belleza, una mujer vestida de huichol me invitó a pasar.

Ximopanolti, bienvenido, pase usted, me dijo con un tono de voz melodioso, tan dulce que parecían derretirse cada una de las letras que pronunciaba.

Entré y quedé maravillado al observar una gran pintura del arte huichol que cubría una pared de más de tres metros de largo y poco más de dos de alto.

Las mesas eran de madera tallada, lo mismo que las sillas, dos meseras más vestían huichol lo mismo que el barista.

Pedí un café y me senté acompañado de mi asombro ante tal espectáculo. La mujer, de rasgos indígenas y portadora de una inefable belleza me puso un mantel sobre la mesa con una bella pintura huichol, misma que observé con detenimiento.

Cafetzin nimitztlatlauhtia, un café por favor, le indicó la mesera al barista. La mujer hablaba en huichol e inmediatamente traducía como para que yo entendiera.

Di un gran sorbo a mi bebida y casi me la echo encima al ver entrar a mi compadre Tobirio, ataviado con un bello traje de gala huichol.

Lo miré con asombro, sin poder siquiera cerrar la boca, el traje era bellísimo, un huipil blanco que caía hasta las rodillas de donde emergían unos pantalones flojos y cortos que terminaban en los tobillos con figuras en color rojo muy vistosas tejidas a mano.

Cualli tonaltin, buenos días, saludó mi compadre y acto seguido pidió un cafetzin con tlaxcalchiancacatl, pan dulce.

Teotetahtli, panolti, compadre, buenos días, me dijo Tobirio en huichol y después en español.

Cómo le va compadre, le contesté como pesando cada letra en una báscula invisible en la que dejaba caer el lenguaje como se deja caer una loncha de carne cruda.

Medió un largo silencio antes de que Tobirio se decidiera a hablar, mientras que yo, enredado como estaba en embrollos étnicos esperé pacientemente a que fuera él, el reaparecido, quien abriera fuego.

Compadre, me dijo en nuestro español, tuve una aparición divina que me obligó a retirarme por un largo tiempo, viajé a un lugar recóndito, a una especie de monasterio en donde adquirí un poder especial, que ahora tendré que ejercer aquí, en nuestra tierra y con nuestra gente.

Entendí tan poco como si me hubiera hablado en lengua huichol.

Dibujé lo mejor que pude una interrogación en mi cara y me quedé mirándolo para que se extendiera un poco más en su explicación.

Compadre, he sido elegido y uncido, a partir de hoy, seré un guía espiritual y deberá crear una nueva religión, la Tobiárica o Tobiriana, cuya finalidad es buscar la salvación por medio de la paz espiritual, por medio de profesar la bondad y hacer que se permee entre todos los seres humanos.

La búsqueda parte de la erradicación de la ignorancia que dará como resultado la muerte de la maldad, del diablo y la extinción del infierno.

Mi boca se abrió casi al tamaño de un puente vehicular, mis ojos se saltaron casi abandonando sus órbitas…

Mi compadre se había enloquecido de remate.

Se creía un dios o semidios y ahora emprendería una guerra que de antemano estaría perdida, que lo llevaría, seguramente, a la crucifixión, como le sucedió a aquel loco iluso de hace casi dos mil años.

Si antes soñó con transformar al mundo y a sus semejantes mediante locuras, en esta ocasión estaba traspasando los límites.

Le lancé una mirada cargada de desconfianza y aderezada de incredulidad, en espera de que le diera seriedad a nuestro reencuentro.

Tobirio sintió la fuerza de ese reproche y me dijo, --sé que es difícil de creer, así le pasó a Jesús cuando dijo que era el hijo de Dios, yo por el contrario, soy Conectl mani mamaza, el Hijo del Venado.

Después de cerrar ese absurdo ciclo político que armé, --Continuó Tobirio su explicación-, me escapé del mundo a meditar, anduve un tiempo en la India, estudié en un monasterio budista y una vez que encontré el nirvana regresé a mi mundo, al nuevo continente en donde me interné más en nuestra cultura.

Estudié varias lenguas y dialectos, el latín primeramente, del que ya tenía nociones y después otros como el náhuatl y el huichol, y estando metido en una comunidad en un rancho llamado Los Amoles, en el estado de Jalisco ya en el límite con Zacatecas, hacía mis meditaciones en el campo, cuando apareció ante mí un gran venado, el astado estaba cubierto totalmente de chaquira, estaba presenciando un espectáculo inenarrable.

El animal se me acercó y aunque sentí temor, me mantuve firme, quieto en espera de ver qué reacción tendría, si me atacaría o cuál iba a ser su proceder.
El animal era majestuoso, resplandecía en su colorido reflejando unos rayos que semejaban un gran arcoíris que se dibujaba en el horizonte.

Se me acercó y me dijo, “Tú eres el elegido de los dioses, deberás crear un mundo nuevo a tu alrededor, una nueva religión que dé paz a los seres humanos, que los cure de esa terrible enfermedad de la ignorancia de la que se desprende toda la maldad”.
El Venado se dio media vuelta y emprendió el galope, parecía que flotaba sobre ese campo verde y florido.

Me quedé durante largas horas meditando y sentí que tenía sobre mi espalda una gran tarea, el objetivo de convertirme en un pastor, en un nuevo Mesías.

Estaba decidido, haría lo que el Venado Sagrado me había pedido.

Hay mucho trabajo por hacer compadre, espero que me ayude en esta titánica tarea.
Tobirio se detuvo y miró hacia arriba, como si pidiera al Venado Sagrado que le enviara más información.

Se incorporó mi compadre, me hizo una señal de despedida y me dijo ¡Aneh!, Adiós.

Yo a esas alturas no sabía qué hacer ni qué decir ni mucho menos qué pensar.
Salí del lugar, me despedí del personal del café, denominado “La Cusinela” ¡Aneh!, les grité con voz firme y me dirigí en busca del Monte de los Olivos, o de algún monte en el que poder practicar la predicación, a sabiendas de que lo quiera o no, tendré que ser parte de esta nueva locura Tobiriana, en la que no sé qué papel jugaré, si seré el nuevo Pedro que tendrá que poner la primera piedra de la nueva iglesia, o terminaré convertido en el Judas del siglo XXI que deberá dar curso a la historia y entregar a su señor Tobirio al sacrificio y la crucifixión convirtiéndome así en el nuevo traidor de la nueva era.



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