Termina Tobirio Trabajo en Ags
Tobirio anda muy activo y sigue de la seca a meca.
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JORGE BATIZ
En el Paraíso Mexicano
12 / AGOSTO / 2017
Cuento Semanal
Majestad Diosa del Caos
Paso por Torres de Babel
Cual siguiente Desvarío

Mientras estamos posponiendo las cosas, la vida se da prisa. Séneca

Descubrí la avenida Américas yendo a bordo de una carabela pero sin tripulación a bordo.
A 13 días del mes del señor escribo desde el reino de Puerto Vallarta a su majestad la reina del Caos, la todo poderosa que todo lo confunde y lo nubla para que la gente no sepa qué hacer con su vida.
Descubrí la avenida Américas al entrar al pueblo, del lado derecho está la isla de los Camarones, una isla que se disfrazó de tragedia aquel día en que murió una pareja en un terrible percance automovilístico.
No podríamos hablar de un accidente porque no fue accidental, la pareja convivía con un grupo de amigos entre los que me incluía yo en Nuevo Vallarta. Tanto la mujer como el marido, quienes me fueron presentados esa noche, habían ingerido cantidades industriales de alcohol, y aun cuando se les conminó a que dejaran su vehículo y regresaran a su hogar en un taxi, se empeñaron en conducir hasta su destino que se trocó por la oscuridad de la nada.
El sujeto se quedó dormido justo a la entrada del pueblo, en Vallarta, y se dirigió a la Isla de los Camarones en donde se impactó cayendo fuertemente sin posibilidad alguna de sobrevivir.
Múltiples contusiones, fracturas y hematomas depositaron a la infeliz pareja en el hades o morada de los muertos según la mitología griega.
Antes de iniciar mi búsqueda de ese continente llamado avenida Américas, que conduce al Malecón, logré convencer a la reina Isabella, la Atea para que me proveyera de los recursos necesarios para tal empresa, es decir, dinero suficiente para un par de cafés, una comida, opípara porque la travesía aventurera así lo demandaba y un buen postre una vez conseguido el objetivo.
Apenas pisar tierra fui conociendo las costumbres de los nativos, había descubierto un mundo para mí ya harto conocido, el mundo del comercio, la gente vivía de la venta de todo tipo de productos, artesanías, joyería, alimentos y bebidas alcohólicas.
Dialogué con algunos ejemplares de la especie que acababa de descubrir para conocer de sus costumbres y me percaté para sorpresa mía que no variaban de las de otros continentes.
Caminé por todas las Américas deslizándome sobre una superficie pedregosa que le aplicaba una especie de masaje a mis plantas de los pies al caminar y disfruté de un intenso calor que hacía que se me escurrieran las ideas en formas de gotas de sudor, corriendo como zozobras perladas que nacían en la frente y morían desvanecidas en mi cuello.
Pasé por una serie de torres de Babel de donde se desprendían diversos idiomas entre gente de distinta coloración.
A dichas torres se les conocía con el nombre de hoteles, cuyo nombre proviene del latín “hospitale cubiculum”, que significa cuarto para dormir huéspedes.
Seguí recorriendo las calles hasta llegar a una cafetería en donde me interné para degustar de la bebida originaria de Abisinia, actual Etiopía, en donde fue descubierto un fruto rojo que vivía instalado en un arbusto y del cual descubrió el pastor Kaidi que tonificaba y entusiasmaba a unas cabras que lo habían consumido y les renovaba la energía.
Ante tal hallazgo, nació lo que hoy se conoce como el café y que es mi combustible, el líquido vital que me permite moverme y vivir con energía.
Estaba fortificando y abasteciendo a mi cuerpo, además de inyectar claridad a mis neuronas cuando descubrí a un sujeto que entraba triunfante en la cafetería.
El hombre portaba un traje de marinero, y miraba hacia los cuatro puntos cardinales apuntando con un periscopio.
Finalmente me colocó en su punto visual y grito ante el descubrimiento… ¡Compadre!, ¡compadre!
Mi compadre Tobirio, emulando al vigía Rodrigo de Triana, quien avistó tierra yendo a bordo de una de las carabelas de Colón cuando se toparon por error de cálculo con el continente americano, se acercó, me miró con su periscopio con el que me picó un ojo y me dijo, --por fin lo encontré compadre.
Antes de sentarse a mi mesa Tobirio fue a la barra por su café expreso y regresó para abordar la nave de los locos en la que nos establecimos para iniciar nuestra larga charla dominical.
Lo primero que me vino a la mente es la pregunta de, ¿qué estaba haciendo Tobirio en Vallarta en lugar de trabajando en Aguascalientes en el proyecto del restaurante del “Pelotudo”?
Habían pasado tres semanas desde aquel día en que me lo encontré en un café del centro de la ciudad hidrocálida, tiempo desde el cual no había recibido noticia alguna de su vida.
Acudiendo a mi prudencia, esperé a que fuera mi compadre quien me explicara qué hacía en Vallarta cuando debería estar en los trabajos de construcción del restaurante Las Tablas, de nuestro querido “Pelotudo”.
Tobirio ingirió de un sorbo su expreso y se levantó por un capuchino, al que le puso canela en un arranque de mal gusto.
La canela es un veneno que le quita el sabor al café, sin embargo y por el bien de la jornada me abstuve de criticar a mi compadre.
Dejé a Tobirio con su bebida para solicitar ahora yo un flat White, que no es otra cosa que café con leche pero sin agua, o sea, el extracto de café puro, lo que le da un sabor fuerte e intenso, a pesar de la combinación con el lácteo.
Inició la danza de tragos, como si formáramos un equipo de trago sincronizado en plena competencia olímpica, ambos bebíamos a grandes sorbos nuestras respectivas bebidas hasta que vimos el fondo en donde quedó la borra del café embarrada en el fondo de las tazas.
Dejamos que pasaran varios minutos sin que ninguno de los dos abriera fuego con algún tema, hasta que Tobirio resquebrajó el silencio con una frase lapidaria.
--El restaurante del Pelotudo será todo un acontecimiento compadre.
No dije nada en espera de que fuera más explícito mi compadre Tobirio.
--Terminé la asesoría con éxito, --arrancó con su explicación--, organizamos prácticamente todo, le hice el plan de negocios, el manual de servicio, la proyección financiera y le recluté y capacité al personal.
--Yo había entendido que usted sería el gerente Tobirio, le pregunté dejando que se asomara por las cuencas de mis ojos la curiosidad y la sorpresa.
--En un principio ese era el plan, pero convinimos en que no sería lo más indicado, primero porque yo no estoy acostumbrado a trabajar atado a una responsabilidad y después porque El pelotudo no tiene la posibilidad de pagar sueldos altos en este momento.
Realizamos el diseño del restaurante con el apoyo de los cuñados del Boludo, y posteriormente fuimos estableciendo detalles como la creación del menú, la contratación del personal, decidimos sobre la misión, la visión y los valores y pusimos en la mesa el sistema de servicio de una manera que creo yo, será todo un éxito.
La garantía la ofrece la claridad en los objetivos planteados, en la pasión con la que se empezó ya a trabajar, en el reclutamiento del personal y en la forma como pretende el Che motivar a su personal.
--Tuve oportunidad de conocer a la familia política del Pelotudo, un grupo de empresarios exitosos que seguramente apoyarán incondicionalmente a nuestro amigo compadre, es por eso que ayer di por terminada mi participación y retorné a nuestro querido Puerto.
Pensé en que mi compadre Tobirio había tomado una buena decisión, porque aun cuando es muy competente en puestos directivos, para él ya no es conveniente adoptar compromisos de esta envergadura.
Estaba tan sumido en mis elucubraciones que no me percaté que mi compadre se había acercado a la barra para pedir un par de cafés más, lo que ya tomaba un nivel de sobredosis para ambos.
--Compadre, me dijo Tobirio, acabo de recibir una nueva propuesta, es muy ambiciosa y atractiva, la próxima semana le hablaré al respecto una vez se confirme.
Dio dos sorbos largos a su café y se incorporó con dificultad, tomó en sus manos su periscopio y miró en todas direcciones, más para decidir qué rumbo tomar que en espera de algún nuevo hallazgo.
Yo me quedé pensando en el proyecto del restaurante del Boludo, en las posibilidades de éxito que pueda tener y sobre todo, en que cualquier actividad que se basa en la pasión como cimiento, y en el conocimiento como fortaleza no puede fallar, por ningún motivo.
Después de pasar al baño a vaciar la vejiga-cafetera salí a la calle en donde me encontré con un viejo amigo del cual no recordaba el nombre, lo invité a dialogar un rato en la acostumbrada banca del malecón en donde le detallé la forma cómo había descubierto la avenida Américas y cuál sería mi siguiente desvarío.



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