La Resurrección del Compadre Tobirio
Sé que sigo vivo, y si no, no me saquen de mi error.
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JORGE BATIZ
En el Paraíso Mexicano
23 / SEPTIEMBRE / 2017
Cuento Semanal
No Me Voy a Quejar
Expectativa Grande
Me Recetan Mesura

No penetréis con paso suave en esa hermosa noche,
Los viejos tiempos pueden encenderse y tronar al acabar el día;
Enfurecéos, enfurecéos contra el desfallecer de la luz. Dylan Thomas

Si estoy enfermo, no me voy a quejar, si sólo creo que lo estoy, no me voy a retractar.
No tengo dudas de estar trastornado, pero no sé cuáles son los motivos, ignoro si existen motivos.
Sé que sigo vivo, y si no es así, no quiero que me saquen de mi error.
Tobirio se fue de este mundo hace casi un año, una bala que le penetró el área craneal lo puso en el más allá.
Presencié su estancia en este mundo, en cuerpo, mientras que su alma, había emprendido el gran viaje.
Ver esa masa disminuida, inerte, fue muy doloroso para mí, quien a pesar de mi escepticismo nunca perdí la esperanza, los doctores daban una posibilidad entre mil de que mi compadre retornara al mundo de los vivos.
El diagnóstico fue muerte cerebral, es decir, que las funciones cerebrales habían abandonado a mi compadre.
La sangre no corría por el cerebro que al bloquearse había dormido a Tobirio.
La bala que penetró en su cabeza en aquel terrible atentado en el Malecón de Puerto Vallarta durante la celebración del manifiesto con el que mi compadre pretendía iniciar el sueño del rescate de las almas perdidas, lo habían dejado con vida vegetal.
Este sueño intenso mantuvo el letargo que duró 387 días, hasta que ayer por la tarde, al dar las seis, escuché un murmullo débil, apenas audible.
¡Doctor!, ¡doctor!, grité desesperadamente hasta que el galeno apareció.
--¿Qué sucede? No ve que estamos en un hospital.
--¡Ha despertado, Tobirio ha despertado!
Las lágrimas como cascadas caían de mis cuencas oculares, como un jarro que se quebró y dejó caer de golpe todo su contenido.
--¡Es un milagro!, gritó el médico, quien salió a toda prisa en busca de personal de apoyo.
Me pidió que saliera y dejara a los especialistas realizar algunas pruebas para comprobar que Tobirio había realmente vuelto a la vida.
Durante el proceso en el cual mi compadre sólo era un cuerpo sin alma, tuve que luchar día con día para no desconectarlo, tuve que enfrentar a mis propias ideas, a mi propia convicción de que una vida vegetal es solo sufrimiento para los vivos, y una humillación para los seres en tránsito.
Cada mañana, al despertar me hacía la misma pregunta, ¿vale la pena seguir prendado a una esperanza que parece vana?

En los primeros días mi expectativa era grande, pero fue minando al igual que mis fuerzas a medida que pasaban los días.
Me faltó el valor para dar el paso, para tomar la decisión de darle a mi compadre ese empujón y cerrar de una forma digna una vida ejemplar de alguien que se entregó al prójimo a cada momento siempre en busca de prestar su ayuda, de dar una mano a quien lo necesitara cual Mesías en un mundo en el que la maldad ha ganado la mayoría de las batallas de manera abrumadora.
Todos esos días, hasta ayer, cuando mi compadre Tobirio resucitó de entre los muertos, 387 días en total, acudí a verlo, a leerle 387 libros, uno por día, con la esperanza de que fuera la biblioterapia, en la que tengo depositada mi confianza, la que lograra el gran milagro, el cual se hizo realidad.
Durante su dolorosa ausencia, le narré muchas de las anécdotas que vivimos juntos, y lloré en silencio a su lado cada historia y cada momento en que él me dio sus enseñanzas y me dio su ejemplo.
Ayer, tras dos horas de lectura, justo después de terminar con las Cartas a Lucilio de Lucio Anneo Séneca, el cansancio me venció y quedé profundamente dormido.
Me soñé en la Roma antigua, estaba yo instalado en el templo de Júpiter en donde Cicerón había reunido al Senado para acusar a Catilina de conspirador.
A mi lado Séneca me hablaba al oído como si yo fuera el mismísimo Lucilio, reivíndicate Lucilio, entiende que el tiempo nos es, a veces, arrebatado con violencia, otras usurpado, a veces simplemente se evanesce.
Presta atención, me dijo Séneca, gran parte de nuestra existencia transcurre o bien mediocremente vivida, o directamente no vivida, o de tal manera vivida que no merece llamarse vida.
Las palabras del estoico me taladraban el cerebro, amalgámate con cada una de las horas, depende menos del mañana para tomar en las manos el presente, mientras la diferimos, la vida pasa.
Escuché al maestro y una poderosa paz se apoderó de mí, hasta que abrí los ojos y miré a mi compadre ahí tendido, apenas despabilé, miré a mi compadre cómo hacía un movimiento con su mano, la extendió para que se la tomara, me miró con sus ojos bien abiertos.
Tobirio había resucitado, su alma le había sido devuelta al cuerpo.
Cientos, miles de ideas acudieron a mi mente, llegué incluso a pensar en la intervención divina en este gran milagro.
Quise abrazarlo pero tanto el médico como la enfermera me recetaron mesura líquida en forma de café.
Salí a la sala de espera para dejar que le realizaran algunos exámenes a mi compadre.
Bajé a la cafetería y me compré un par de vasos grandes de café, me urgía una fuerte dosis de cafeína, mis pensamientos se encontraban con mis emociones y se enredaban sin que yo pudiera destrabarlos.
Sabía que debía ser cauteloso con mi compadre, pero me ardían las ganas de conocer por lo que había pasado en su estado inconsciente, si es que algo se asomaba a su cerebro, o en verdad había estado muerto y desprovisto de sangre y de cualquier tipo de sensaciones poco más de un año.
Después de un par de horas, el doctor apareció enfundado en su bata blanca, sus anteojos a la John Lennon le restaban poder a la ciencia que profesaba, su mirada me desconcertó, pero no fabriqué ningún tipo de conjeturas, y permití que fuera el galeno quien abriera fuego.
--Necesitaremos de su paciencia, Tobirio ha sufrido algunos desajustes en el tiempo, me asegura que tiene que asistir al proceso que deberá librar Sócrates por el delito de corrupción a menores y falta de respeto a los dioses.
Cree que está viviendo en un tiempo pasado, está instalado más de 2 mil años atrás, me preguntó si Platón había venido a verlo, la cosa parece muy seria.
Mi cara se convirtió en un acertijo que el doctor quiso descifrar, me insistió en que no adelantara vísperas, que Tobirio sería sometido a muchos exámenes neurológicos para develar qué desórdenes o trastornos había sufrido su sistema nervioso, pero me aseguró que estaba de vuelta en la vida, aunque en otro mundo muy distinto.
Me pidió que volviera justo en dos semanas, y ya me tendría un dictamen completo de la salud tanto mental como física de mi compadre.
Sería esta la primera vez que dejara de ver a Tobirio por tanto tiempo desde aquel fatídico día en que fue lesionado.
Le pedí permiso al doctor para despedirme de él, pero no me lo dio, me condujo a un lugar en donde pude observar por varios minutos a Tobirio a través de una ventana.
Los ojos se me encharcaron, y aunque sabía que la memoria de mi compadre estaba afectada, lo importante es que estaba vivo, así que esbocé una sonrisa remojada en esa agua salitrosa de que se forman las lágrimas.
Mi compadre Tobirio me miró y me regaló con una sonrisa muy de este tiempo, extendí el brazo en señal de despedida y fui correspondido, le lancé con los labios sin sonido un hasta luego.
Salí del nosocomio con la felicidad en el pecho, como si convertida en humo quisiera asfixiarme.
Caminé muchas cuadras, fueron varios kilómetros; en el trayecto del viaje al país de las emociones no pensé más que en mi compadre Tobirio y su resurrección.
¡Tobirio ha resucitado!, grité con todo el poderío de mis pulmones, y comencé a correr, la gente me miraba extrañada, pensando en que yo no era más que un loco o un borracho, pero esto no me importó, cada tramo me detenía para lanzar un nuevo grito… ¡Tobirio ha vuelto del país de las sombras!
No tengo idea de cuánto tiempo anduve vagando y lanzando hurras y vivas por la resurrección de Tobirio, saltando y gritando, hasta que reaccioné y me vi afuera de mi casa, había dormido en la banqueta, de milagro no me pesqué una hipotermia, había llovido durante parte de la noche y estaba totalmente empapado.
Después de 24 horas del gran milagro, tenía claro que todavía debía esperar hasta que se cumplieran las dos semanas para visitar a mi compadre, mientras tanto, me dediqué a vivir y a aprovechar el tiempo y la vida, tal como me lo indicó Séneca en mi sueño.



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