Juana Gallo, Todo un Personaje

Tenemos su Gran Recuerdo

*Aquí conocerán a la zacatecana

*Era bragada y muy valentona

*Una descalabrada le ganó respeto

 

¡Y Ábranla Que Hay Viene Juana Gallo¡, bien montada en su caballo”, es el refrán tan conocido en el medio charro y que hoy cobra vida y más vigencia que nunca en este Día del Recuerdo y de la Remembranza.

Pero y quién es este personaje, es muy sencillo, se trata de una mujer zacatecana y que tiene nombre y apellido: Ángela Ramos Aguilar. Ella vio la luz primera el 1 de octubre del lejano 1876, hace más de 140 años, en la Calle Pachones (Hoy Vergel Nuevo).

Allá en la capital minera y de corazón de cantera, nació este personaje y que de la noche a la mañana, cobró notoriedad, habiendo sido hija de Ángel Susano Ramos y Rebeca Cesárea Aguilar a quien de cariño se le conocía como “Doña Chalita”, como lo apunta Miguel Ángel González, en Zacatecanos Famosos.

Cuenta la historia que cuando nació Ángela, se armó tremenda fiesta popular y la “pachanga” fue amenizada con una charanga del mismo barrio

PELEONERA. Ella fue muy inquieta y las vagancias no podían faltar en sus tardes zacatecanas, pero en la escuela se distinguió por retar a golpes a los niños de su edad. Era muy viva y destacó en los estudios, pero las peleas siempre estaban en su mente y cierto día se armó la gorda cuando descalabró a un niño.

Estudió en la escuela que hizo el Cura José Eugenio Narváez y la descalabrada, cuenta la historia le hizo ganar el apodo o mote de “Juana Gallo” a la pequeña Ángela.

“Aplácate Juan Gallo”, fue el grito del Padre Narváez y desde entonces se le quedó, aunque al principio no era del total agrado de la zacatecana. Juana por lo común del nombre y Gallo por el carácter fuerte de esos animales.

RECIO CARACTER. Tan no le gustaba su apodo que cuando alguien en la calle le gritaba “Juana Gallo”, ella contestaba, “En tu madre me monto a caballo”, e incluso el único autorizado a decirle su apodo era el Señor Cura.

En 1912 murió su padre y ella vendía tacos en las cantinas “La Lonja” y “El Paraíso Terrenal”. En aquella época había muchos tugurios de mala muerte y hoy en día, como son los tiempos, ahora los llaman pomposamente “antros”.

Los clientes de la taquería corajuda, eran políticos, militares y gente de la alta sociedad.

Pero “Juana Gallo” también arropaba a los pobres, ya que el que no tenía para comer tacos, ella se los regalaba, demostrando su nobleza con la gente de su pueblo. Y además de tacos, también vendía “gorditas” a las que les llamaba relojes, por su parecido con la pulsera de Cronos (Dios del Tiempo), mismas que rellenaba con huevo y chorizo.

Por cierto, que las gorditas hoy en día son muy socorridas en diversos puntos de la capital y las hay de chicharrón, papas, chile relleno, alambres y muchas delicias más.

SUS ULTIMOS DIAS. Pero… el pero que nunca falta, es que por las bravatas y rebatingas, “Juana Gallo” se hizo adoradora del Dios Baco (Vino) y había veces que dormía literalmente en las banquetas.

Era tan recia de carácter que cuando llegó la Revolución, ella se levantó en “armas” con palo y piedras para con un grupo de mujeres, defender con todo la religión católica que profesaban, así como montar guardia en templos y hasta cuidar al Señor Obispo, don Miguel de la Mora.

Eso subió más aún sus bonos y esa popularidad, le sirvió para que en muchos lugares le invitaran y nada más por mera atención, una copita por aquí, otra por allá y eso, a final de cuenta agravó su alcoholismo, lo que después la llevó a su muerte. Sus restos descansan en el Panteón de Herrera.

Murió el 21 de octubre de 1958, a las edad de 82 años y 20 días de que había llegado a este mundo de pecadores y adulantes. Fue tanto su carisma, que cuando murió los gastos corrieron por cuenta del entonces gobernador Lic. Francisco E. García.

 

Y como siempre termino a mi manera, recordando que “Agua le pido a mi Dios y a los aguadores, nada”.

 

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